Este libro abre nuestros ojos apagados al hecho de que Dios no es una teoría abstracta y distante, sino una presencia cercana y viva que nos rodea y espera que nos abramos a Él. Hemos reducido a Dios a una teoría insípida que tiene poco o ningún efecto sobre nosotros. Las personas, especialmente los jóvenes, buscan a Dios, pero están desilusionados por el Dios que les presentan los que se llaman religiosos. Dios no es abstracto, somos nosotros quienes lo hemos hecho parecer así.

La doctrina tradicional, en la que creemos, es completamente verdadera en sí misma, pero no sirve de mucho a menos que la hagamos verdaderamente nuestra en el sentimiento y la vida, en la fe y el entusiasmo y en nuestra experiencia directa. La comunicación de nuestra fe y creencias surge de lo que sentimos. Si nuestra expresión es fría, en realidad estamos diciendo que nuestro sentimiento es mínimo. Si este es el caso con nosotros, entonces, corremos el peligro de presentar el cristianismo como algo monótono y redundante y no como la «buena noticia» que realmente es. El Evangelio es «Buena Noticia», y si no es noticia, no es nada. El Evangelio debe ser ante todo una buena noticia para nosotros y solo cuando se haya convertido en una buena noticia para nosotros, podremos compartirlo como una buena noticia a los demás.

El autor diagnostica que el motivo de dicho malestar es una pérdida de contacto: pérdida de la cercanía, de la experiencia, de la presencia. Solo lo sabemos de oídas. Hablamos solo de memoria. Citamos lo citado por aquellos a quienes también se les había citado. Terminamos con una mera tradición entregada en nuestro regazo. Apenas nos afecta. Cuanto más distantes estamos de los hechos originales, más hablamos y menos sentimos. Nos volvemos más elocuentes a medida que tenemos cada vez menos que decir. Y así podemos terminar perdiendo la pista.

Los primeros cristianos estaban ardiendo con la experiencia de Dios. La recepción del Espíritu Santo fue una experiencia tangible, conmovedora, transformadora e inolvidable. Su experiencia se convirtió en la base de su fe. El testimonio y la vida de los demás atrajeron su atención pero no definieron su fe. Su experiencia personal fue el punto focal de su vida cristiana. Para nosotros, la venida del Espíritu es un hecho tan abstracto como el hecho de ser hijos de Dios. Todo queda en el aire para nosotros.

Las enseñanzas de la Iglesia se escuchan con respeto y se ignoran con indiferencia. El Evangelio está lejos de ser una norma práctica de conducta para personas o instituciones. Podemos decir que el Evangelio se ha predicado en todo el mundo; pero no podemos decir que haya sido aceptado y mucho menos implementado. Jesús es conocido y venerado universalmente en su persona, pero no se sigue en su doctrina.

El autor sostiene que no llegamos a la experiencia de Dios porque no la esperamos. No nos abrimos a su presencia tangible y sensible porque creemos que no es para nosotros. No recibimos dones extraordinarios en la oración precisamente porque los llamamos extraordinarios y la misma palabra desde el principio nos coloca a nosotros, que somos cristianos ordinarios, fuera del alcance de lo que llamamos gracias extraordinarias. No sentimos a Dios en su amor y su presencia porque nos han enseñado que eso es solo para los místicos, y no para nosotros, que somos indignos de tales privilegios. No recibimos el Espíritu Santo en gracias tangibles y dones visibles porque creemos que para nosotros es solo recibirlo a través de la fe y las tinieblas en el bautismo y los sacramentos. No levantamos alas porque creemos que no tenemos alas. Y seguimos caminando pesadamente como peatones por la polvorienta carretera.

El autor expresa su esperanza de que la Iglesia recupere su vocación original y tradicional de fomentar, esperar y facilitar la experiencia personal y directa de Dios para todos los cristianos. Si no lo hace, prevé una pérdida de credibilidad, cercanía y relevancia.

El mensaje del libro es evidente y relevante. El autor parece haber adoptado el punto de vista fenomenológico. Se está ocupando de una situación que ve a su alrededor. El tono pastoral del libro se manifiesta en todas partes. El lenguaje utilizado es sencillo y directo. La brevedad de los capítulos ayuda a enfocar el mensaje y simplificar su recopilación. El libro invita a la introspección y nos desafía a hacer la transición de la fe de segunda mano a la de primera mano. No podemos permitirnos seguir viviendo una vida cristiana desprovista de experiencia personal, porque nuestra experiencia es la fuente de nuestro anuncio.

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